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Qué datos de tu empresa no deberías subir a herramientas de IA sin pensarlo

Lirroy 29 de junio de 2026

Llega un reclamo fuerte de un cliente y alguien del equipo quiere contestar bien y rápido. Abre ChatGPT en su cuenta personal y pega todo: el mail completo, el nombre y la cédula del cliente, la factura, el monto, la conversación de WhatsApp. “Redactame una respuesta amable.” En diez segundos tiene un borrador prolijo. Y sin darse cuenta, mandó datos de un tercero a un servicio externo del que no sabe casi nada.

Esa escena se repite todos los días, en empresas de todos los tamaños, casi siempre sin mala intención. Este texto no busca asustarte para que prohíbas la IA, sino darte un criterio simple para usarla sin entregar información que no debería salir.

Porque el riesgo real no está en usar inteligencia artificial. Está en no saber qué le estás dando, dónde queda eso guardado y quién más podría verlo.

Por qué pasa todo el tiempo

La adopción ya no es un experimento de unos pocos curiosos. Hoy la mayoría de quienes trabajan con información usa IA generativa en su día a día, y buena parte lo hace con herramientas que eligió por su cuenta, no con las que aprobó la empresa. A esa práctica de traer tu propia IA al trabajo, por fuera de cualquier control, se la llama shadow AI: queda en la sombra porque nadie en la dirección sabe que está ocurriendo.

Los números ayudan a dimensionarlo. Según relevamientos recientes del uso corporativo de estas herramientas, cerca de cuatro de cada diez interacciones con IA incluyen información sensible, y un empleado promedio pega datos delicados en un chatbot más o menos una vez cada tres días. Una porción enorme de ese uso ocurre desde cuentas personales, fuera del alcance de la empresa.

Lo más importante de ese dato es lo que revela sobre el motivo. Casi nunca hay un plan de filtrar nada. Hay una persona apurada, con demasiado trabajo, que encontró una forma de resolver más rápido y la usa con lo que tiene a mano. Eso no nace de la deslealtad, sino de que a nadie le explicaron con un ejemplo claro qué conviene pegar y qué no.

Tu cuenta personal y un plan con control de datos no son lo mismo

Acá está la confusión más cara. Mucha gente cree que la pregunta es “¿esta IA es segura?”. La pregunta útil es otra: “¿con qué cuenta entré, en qué plan y con qué configuración?”. La misma marca puede tratar tus datos de formas muy distintas según eso.

En las versiones gratuitas o personales de las herramientas más conocidas, lo habitual es que el contenido que escribís pueda quedar guardado un tiempo, usarse para mejorar el producto y, en algunos casos, ser revisado por personas. Google, por ejemplo, avisa de forma expresa en su asistente para cuentas personales que parte de las conversaciones puede ser leída por revisores humanos, que conviene no ingresar información confidencial y que nunca pongas ahí datos de acceso ni de pago. No es un detalle escondido en la letra chica: lo dicen ellos mismos.

En los planes de empresa pensados para trabajo —las versiones business o enterprise— el trato cambia. Por defecto no usan lo que escribís para entrenar sus modelos, los datos quedan dentro de un perímetro más controlado y podés administrar cuánto tiempo se guardan. Es un escenario bastante más sólido. Pero conviene no leerlo como “ahí no pasa nada con mis datos”: sigue habiendo registros, copias temporales y personas autorizadas que, bajo ciertas condiciones, pueden acceder. “No entrenan con tus datos” no significa “nadie los guarda ni los ve nunca”.

La conclusión práctica es corta. Si tu equipo trabaja con información de la empresa desde cuentas personales o gratuitas, perdés casi todo el control sobre dónde termina. Si vas a usar IA con datos que importan, hacelo en una herramienta y un plan elegidos a propósito para eso.

Los datos que no deberían salir sin criterio

Una regla simple para ordenarte: si un dato te generaría un problema serio en caso de que lo viera alguien que no debería, si quedara guardado más tiempo del que imaginás, o si mañana te lo reclamara un cliente, un socio o tu contador, no debería ir a una IA pública porque sí. Con esa vara, estos son los que conviene cuidar:

Datos personales de clientes. Nombres, cédulas, teléfonos, direcciones, historial de compras o el detalle de un reclamo. Son de un tercero que confió en vos, no tuyos para repartir.
Datos de tus empleados. Recibos, evaluaciones, licencias médicas, sanciones. Subirlos “para que redacte una devolución” expone a la persona y a la empresa, y rompe la confianza interna si se sabe.
Información financiera. Márgenes, costos, deudas, precios especiales, sueldos, datos bancarios. Más que números sueltos, son tu estrategia y, muchas veces, datos de otras personas.
Contratos y condiciones comerciales. Un contrato entero lleva pricing, penalidades, anexos y, casi siempre, una cláusula de confidencialidad que estarías incumpliendo al pegarlo completo.
Secretos del negocio y código. Fórmulas, procesos propios, roadmaps, código fuente. Es lo que te distingue y lo que no se recupera si se va. A Samsung le pasó: restringió el uso de IA pública tras descubrir que se había cargado código interno, y recién después pasó a un despliegue controlado.
Credenciales, claves y contraseñas. Acá no hay matices. Pegar una clave de acceso “para que revise por qué falla” es una mala práctica, por más conocida que sea la herramienta.

A esto se suman dos casos que conviene tratar aparte: los datos de salud, que tienen una protección reforzada y casi nunca deberían salir, y las exportaciones completas —un Excel de facturación entero, un volcado del CRM— que son de lo más riesgoso que se puede hacer, porque multiplican el daño si algo sale mal.

Compartí menos: desidentificar antes de pedir ayuda

La mayoría de las veces no necesitás el dato real para que la IA te ayude. Necesitás el caso, no la identidad. La disciplina más útil es también la más básica: trabajar con la menor cantidad posible de información real para lograr la tarea.

En la práctica, alcanza con cinco gestos: sacar nombres y documentos, cambiar identificadores por roles (“una clienta de retail”, “un proveedor del rubro salud”), convertir montos y fechas exactos en rangos (“compra reciente”, “monto medio”), pegar solo el fragmento indispensable y, cuando se pueda, escribir vos un resumen del caso en lugar de volcar el documento original.

Cuidado con creer que sacar el nombre ya alcanza. En una empresa chica, “la clienta de Maldonado con dos locales y un reclamo de marzo” es perfectamente reconocible aunque no figure cómo se llama.

La diferencia se ve en un ejemplo. Un pedido pensado para que la IA resuelva sin exponer a nadie:

Mal:
"Resumime el reclamo de María G., CI 4.123.456-7, de Rivera 2456,
que compró el 12/05 por $48.700 y amenaza con denunciarnos.
Te pego el mail, la factura y el WhatsApp."

Mejor:
"Necesito ordenar un reclamo de una clienta de retail por una compra
reciente y proponer una respuesta empática. Datos del caso, ya sin
identificar: canal ecommerce, pedido de devolución por disconformidad,
compra de menos de 30 días, monto rango medio, todavía sin resolver."

El segundo prompt cambia el objetivo: en vez de “analizá este caso real con todo adentro”, pide “ayudame a estructurar una tarea”. Da el mismo resultado útil sin entregar a la persona. Ese es el hábito que vale la pena enseñarle al equipo. Es, en el fondo, la misma lógica de decidir con qué datos y bajo qué límites delegás una tarea a la IA antes de tocar nada.

Una política mínima que no frena al equipo

Acá suele aparecer la reacción equivocada: prohibir la IA por completo. No funciona. Cuando la empresa no ofrece un camino usable, la gente igual la usa, pero a escondidas y desde su cuenta personal, que es justo el peor de los escenarios. El otro extremo —no poner ningún límite— convierte a cada persona en su propia política de datos. El criterio está en el medio, y cabe en una hoja.

Una guía simple para una PyME se sostiene en tres definiciones:

Verde, libre. Contenido ya público, materiales de marketing, ideas, borradores sin datos de nadie, casos inventados para probar. Eso va sin pedir permiso.
Amarillo, con cuidado. Información interna que se puede usar si está desidentificada y en una herramienta aprobada. Datos de clientes vueltos anónimos, un fragmento de un proceso, un caso resumido.
Rojo, no sin aprobación. Datos personales reales, financieros, contratos completos, código privado, credenciales y cualquier exportación entera. Para esto, una sola persona —dirección o quien maneje los sistemas— decide caso por caso.

Sumá a eso una lista corta de herramientas permitidas, con el plan aclarado (“la versión de empresa, con la cuenta del trabajo, no la personal”), y un rato de formación con ejemplos concretos de qué pegar y qué no. Eso ya te ordena el 90% del riesgo sin trabar a nadie.

Y conviene tener presente algo que en Uruguay pesa: cuando manejás datos de tus clientes o empleados, seguís siendo responsable de cuidarlos aunque uses la herramienta de un tercero. Contratar un servicio externo no traslada esa responsabilidad. No hace falta saberse la ley de memoria; alcanza con el criterio de guardar y compartir lo mínimo necesario, con quién corresponde y por el tiempo que haga falta. La misma prudencia con la que cuidás cualquier cosa importante del negocio sirve para esto, sobre todo cuando esos datos viajan a un servidor en otro país.

Cómo lo miramos en Lirroy

Cuando una empresa nos cuenta que “el equipo ya usa IA para todo”, lo primero no es felicitarla ni retarla. Es mirar para qué la usa y con qué información. Casi siempre hay tareas buenísimas para delegarle y, en el medio, dos o tres lugares donde están saliendo datos que no deberían. Separar una cosa de la otra es la mitad del trabajo.

A partir de ahí ayudamos a poner el criterio por escrito: qué puede usar el equipo libremente, qué necesita un paso extra de cuidado y qué herramienta conviene para cada cosa. No para que la IA se use menos, sino para que se use tranquila. Sobre un circuito ordenado, la inteligencia artificial suma de verdad; lo vimos al hablar de por qué una herramienta nueva no arregla sola un proceso flojo. Y la decisión de qué tarea conviene resolver con una herramienta lista o con algo propio se toma mejor cuando ya tenés en claro qué datos están en juego.

El próximo paso, hoy mismo

No necesitás un proyecto para empezar. Necesitás una conversación de quince minutos con tu equipo y una sola regla: antes de pegar algo en una IA, preguntarse “¿esto identifica a alguien o expone algo del negocio?”. Si la respuesta es sí, se desidentifica o no se sube. Con eso solo, hoy, ya bajás la mayor parte del riesgo.

Lo demás —la lista de herramientas, los tres colores, quién aprueba las excepciones— se arma en una tarde. Lo que no conviene es seguir dejándolo librado a la suerte de que nadie pegue lo que no debía.

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